La serie Z: Placer en la silla de ruedas
Para comprender los enrevesados orÃgenes del cine de serie Z no podemos, si somos honestos, limitarnos unicamente al surgimiento de una necesidad económica, pues cobra especial importancia a la hora de producir pelÃculas en masa una necesidad estética equiparable, e incluso más intensa.
Nos encontramos, dentro de la clasista serie B, un intento por degradar más todavÃa el concepto clásico de belleza, que por aquel entonces pasaba por un estado de crisis y reajuste, es decir, por poner en evidencia a la propia industria desde el atolladero, desarrollando la primera hornada de jóvenes subtalentos, liderados por Ed Wood Jr, una exaltación del objeto amputado, un puro placer ante la silla de ruedas , aun encontrándose perfectamente sanos. Asà podemos comprender de modo más exacto porqué para estos autores resulta más relevante en la historia contemporánea, por ejemplo, la figura de Drácula que la de Ana Bolena. Prefieren que lleves las bragas de mamá antes que vayas sin nada, el tabaco de mascar sobre la heroÃna. Más si nos adentramos en sus trasfondos filosóficos podremos, al fin, saborear su obsesión con romper los roles del mercado y el arte para levantar un mundo donde la costra sea, no ensalzada falsamente, sino respetada casi como una especie de milagro.
Esta absoluta sensibilidad la han rastreado eruditos en aquello que escribió Oscar Wilde («A mi dadme estructuras derruidas, patosas totales...») durante su estancia en la cárcel por desacatos a la moral monárquica y particular, siendo por ello erroneamente tratado de «gran cisne» de la literatura, cuando la suya era una batalla más desalentadora. DalÃ, remordido por sus coqueteos con las élites franquistas, supo rendir un sentido homenaje a este espÃritu, introduciendo un rebaño de ovejas a dormir en su habitación del hotel, demostrando con creces como la obra supera al autor y cobra vida propia.
Gracias a esta breve noción, siempre aproximada y superficial, podrá ahora disfrutar de la siguiente lista.









