Por Ven a Verlo, 15 Octubre 2008

Elementos ultranacionalistas en las películas de corte policial americanas, producto de antiguos conflictos tribales

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Como espectador catatónico y parnasiano me sentí esculturalmente vilipendiado e insultado, es decir, en el nucleo del riñón, al acudir, previo pago de seis rublos con cincuenta, a cierto cine, que cada vez se asemeja más a un chicle engarzado con cuscurros de pan, recordando el mítico chicle «divertido» de , que suelo llevar siempre conmigo en la suela ( tengo auténtico pavor a unas zapatillas estratosféricas), en el que impunemente se proyectaba Asesinato Justo al mismo tiempo que contemplaba horrorizado como la gente reía y daba palmas mientras les azotaban, con unos gags gangosos y neooctogenarios, mientras y encontraban la técnica sofística de convencernos a todos de que bien está justificada una patada moral en las costillas o un disparo ético en la cabeza del criminal a cambio de satisfacer la ansia justiciera, ante una sociedad para ellos falta de una noción del y los sentimientos con respecto a las víctimas, que claman .

Tampoco pude dejar de percatarme, entre otras cosas, de que casualmente la cocainómana de los retretes, blanca y maquillada, sufre una rehabilitación casi mágica en favor de las fuerzas del que se la habían metido doblada, violando con cierta ironía totalitaria su derecho natural a drogarse, mientras que por otra parte tenemos al traficante negro y arrogante, al compañero/ mejicano que le levanta la novia al protagonista y se encarga de joder todo el tiempo a , los que nunca aprenden, los que han nacido para la delincuencia morbosa y fladisvástica. «Volveros a polonolandia», les espeta ante el fervor estadístico neuronal de unos cuantos cotidianoradicales que habían venido a la sala acompañados de sus esposas y con la camisa de los viernes, seguramente atiborrados de carne de arce y vino de ballena.

Tranquilamente se puede calificar esta película de pura , sin miedo a caer en la gratituidad. Que así sea.