Por Blanco, 25 Octubre 2008

Hitchcock y el hombre inocente (II): «Con la muerte en los talones»

Hitchcock North By Northwest 200x300

Con la muerte en los talones es quizá la película de Alfred Hitchcock con uno de los guiones más sólidos y repletos de humor de toda su filmografía, obra de un joven escritor con talento, Ernest Lehman (que estuvo nominado al Oscar por esta película, Sabrina o West Side Story y que volvería a participar junto al mago del suspense en La trama). La película entretiene y engancha con múltiples giros que van desenvolviendo la madeja de una historia aparentemente embrollosa y desconcertante, en la que el espectador se encuentra perdido y confuso durante buena parte del metraje. Mítica es la secuencia en la que Cary Grant es perseguido por una avioneta que quiere asesinarlo. Es, además, una película que desarrolla uno de los temas preferidos de Hitchcock: el hombre inocente que emprende un viaje para que demostrar que no es culpable de un crimen que no ha cometido.

Roger O. Thornill (Grant) es un publicista neoyorquino que, debido a un error, es confundido con un agente secreto del FBI, George Kaplan y conducido a la guarida de unos espías que, dirigidos por el inquientante Philip Vandamm (James Mason) desean aniquilarlo para que no perturbe sus planes. Aunque intentarán matarlo en un ficticio accidente automovilístico, Thornill consigue salvarse y comenzar la búsqueda de ese tal Kaplan por el que es confundido. Las cosas se complicarán cuando la policía crea que ha asesinado a un delegado de la ONU. Ahora, el publicista deberá huir por el país, con los compinches de Vandamm y la policía tras de sí, para intentar encontrar a Kaplan, que le permitirá resolver todo el conflicto. Para ello, contará con la ayuda fortuita de Eve Kendall (Eva Marie Saint, que había ganado un Oscar por La ley del silencio), una fría mujer que lo conducirá a una reunión con el agente secreto. Pero no es oro todo lo que reluce...

Carygrantsuit1 291x300

300px North By Northwest Movie Trailer Screenshot 21

Mason 300x168

«Hemos rodado el primer tercio del film, ocurren toda clase de cosas, y no comprendo de qué se trata», le dijo Grant a Hitchcock durante el rodaje de la película. Ni él ni ninguno de los espectadores de esta película,  El guión juega con los conceptos de la teatralidad, de las apariencias, de los engaños (los personajes se espetan los unos a los otros la perfección de los papeles que, aparentenmente, representan; Vandamm a Thornill en el comienzo de la subasta, por ejemplo), en un texto que se deshilará a lo largo del filme para dar todas las respuestas. Y, mientras tanto, los que están frente a la pantalla se estarán maravillado con unos diálogos frescos y rebosantes de humor, acompañados de la siempre idónea de Bernard Herrmann.

Al igual que en Inocencia y juventud, nuestro héroe intentará salvarse de su destino con humor e inteligencia (mítica es la escena ya citada de la subasta), al tiempo que vivirá una hermosa historia de amor con una mujer rubia que, en esta ocasión, es más fría e inteligente que el personaje interpretado por Nova Pilbeam. Una película más que recomendable que exige verla más de una vez para captar todos sus matices.

Por Ven a Verlo, 15 Octubre 2008

Elementos ultranacionalistas en las películas de corte policial americanas, producto de antiguos conflictos tribales

Ttyyt 208x300

Como espectador catatónico y parnasiano me sentí esculturalmente vilipendiado e insultado, es decir, en el nucleo del riñón, al acudir, previo pago de seis rublos con cincuenta, a cierto cine, que cada vez se asemeja más a un chicle engarzado con cuscurros de pan, recordando el mítico chicle «divertido» de Ghandi, que suelo llevar siempre conmigo en la suela ( tengo auténtico pavor a unas zapatillas estratosféricas), en el que impunemente se proyectaba Asesinato Justo al mismo tiempo que contemplaba horrorizado como la gente reía y daba palmas mientras les azotaban, con unos gags gangosos y neooctogenarios, mientras Al DeNiro y Robert Pacino encontraban la técnica sofística de convencernos a todos de que bien está justificada una patada moral en las costillas o un disparo ético en la cabeza del criminal a cambio de satisfacer la ansia justiciera, ante una sociedad para ellos falta de una noción del orden y los sentimientos con respecto a las víctimas, que claman venganza.

Tampoco pude dejar de percatarme, entre otras cosas, de que casualmente la cocainómana de los retretes, blanca y maquillada, sufre una rehabilitación casi mágica en favor de las fuerzas del orden que se la habían metido doblada, violando con cierta ironía totalitaria su derecho natural a drogarse, mientras que por otra parte tenemos al traficante negro y arrogante, al compañero/policía mejicano que le levanta la novia al protagonista y se encarga de joder todo el tiempo a Robert Redford, los que nunca aprenden, los que han nacido para la delincuencia morbosa y fladisvástica. «Volveros a polonolandia», les espeta Cary Grant ante el fervor estadístico neuronal de unos cuantos cotidianoradicales que habían venido a la sala acompañados de sus esposas y con la camisa de los viernes, seguramente atiborrados de carne de arce y vino de ballena.

Tranquilamente se puede calificar esta película de pura basura, sin miedo a caer en la gratituidad. Que así sea.